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Individual

Se puede vivir a mitad de camino, la emoción partida, a medio florecer. Y morir así, creyendo que se ha vivido, un híbrido emocional, un destino trunco para el amor. Ser hija, ser madre, ser abuela, ser mujer… Todo puede sencillamente pasar, deslizarse, sin tocarnos, sin conmovernos, sin desgarros ni euforias.

¿O será la vida otra cosa, una oportunidad para que cada fibra toque su acorde? El amor ¿es una tangente que nos roza o una fuerza que nos atraviesa? La maternidad, cambio y sorpresa infinitos, con su presencia arrolladora se adueña de nosotras, ocupándonos enteras, atravesándonos, sacudiéndonos.

Con mis ojos de madre nueva me descubrí mirando a otras madres: ¿cómo había impactado la maternidad en sus vidas? ¿cómo había congeniado o peleado con el pasado? ¿cómo habían resuelto el agobio de la entrega, de la responsabilidad? ¿cómo discriminaban el tiempo para el bebé del tiempo propio? ¿cómo comprendían las etapas? Y me di cuenta de que estábamos solas. Nace un hijo, nace una madre, nace una dupla.

A tientas la madre se mueve en soledad, librada a sus propias capacidades y limitaciones. Nuestra intención no será ya mirar desde afuera al niño y preguntarnos: “¿Qué le pasa?”. Por el contrario, la pregunta volverá sobre nosotras para involucrarnos totalmente: “¿Qué me pasa a mí con lo que le pasa a él?” El tomar conciencia por parte de la madre de que está totalmente involucrada en el vínculo con su hijo, la lleva a comprender que el vínculo es su máxima responsabilidad y a su vez su máxima oportunidad, su más preciado instrumento.

Así como un barco sensible responde a los cambios de rumbo que marca su timonel, así el hijo acompaña a la madre en su derrotero emocional. Siempre un cambio en la madre es acompañado por un cambio en el hijo y así tomamos conciencia del Poder Materno: la madre en su interacción cotidiana talla, moldea, esculpe al hijo, para convertirse en una gota de agua bendita o en la tortura de la gota.