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Educar sin lágrimas

Para poder mejorar el comportamiento de los niños y establecer una disciplina positiva es necesario entender y comprender el comportamiento infantil desde sus bases.

1. ¿POR QUÉ MI HIJO SE COMPORTA ASÍ?

El desarrollo y el comportamiento infantil está determinado por factores internos y factores externos, estos son: los genes y el ambiente. Actualmente, se conoce la relevancia que posee la interacción entre la herencia genética y el ambiente en el cual se desarrolla y explota dicha herencia para el aprendizaje y desarrollo de las capacidades y comportamientos de los niños. La herencia genética no sólo determina las características orgánicas (anatómicas y funcionales) de las personas, sino también las características psíquicas, es decir, la capacidad intelectual y el temperamento.

Los niños de manera innata poseen un temperamento específico determinado genéticamente y que influye en el modo de comportarse desde su nacimiento, afectando a su nivel de actividad (niños más tranquilos o inquietos), demanda y necesidad de atención, exigencias, carácter…. Sin embargo, el ambiente modela el comportamiento del niño y tiene un impacto directo en el aprendizaje de las conductas y desarrollo de las mismas. Así, un mismo niño, actuará de distintas maneras dependiendo del ambiente en el que se crie, lo que explica la gran importancia del entorno para el desarrollo.

2. EL TEMPERAMENTO INFANTIL

El temperamento es el estilo de comportamiento innato que tienen las personas. Existen 9 rasgos que categorizan el temperamento y que son apreciables en los bebés según un estudio de Thomas y Chess (1986):

Nivel de actividad: tiempo que se mantiene activo, frente a los periodos de inactividad. Hay niños más movidos y niños más tranquilos.
Ritmicidad: se refiere a la regularidad horaria que presentan los bebés para realizar las actividades básicas de la vida, como las tomas de comida, las excreciones, dormir y mantenerse despierto.
Aproximación o alejamiento: tendencia a responder ante nuevas situaciones u objetos. Educar sin gritos ni lágrimas.
Adaptabilidad: facilidad con la que se adapta a los cambios.  Umbral de respuesta: umbral que necesitan para percibir y responder a un estímulo concreto.
Calidad del estado emocional: tendencia natural a mostrarse más felices y sonrientes, o lo contrario.  Intensidad de la reacción: intensidad con la manifiestan sus reacciones.
Capacidad de atención y persistencia: capacidad del niño para mantener la atención y dedicarse a una actividad. En función a estas características, podemos establecer dos tipos de temperamentos infantiles:

Niños fáciles: Los niños fáciles por lo natural se muestran con una disposición más positiva, se adaptan mejor a los cambios y su estado emocional es más afable y manejable. Son a los que llamamos “peras en dulce”, ya que su educación suele ser más fluida y distendida.

Niños difíciles: Los niños difíciles a menudo se muestran más hostiles, necesitan un mayor tiempo para asegurar la adaptación a los cambios y tienden a mostrarse más retraídos. Son a los que llamamos cariñosamente “pequeñas ñoras”, ya que su comportamiento es más complejo y resultan un reto para muchos padres. Es importante comprender que los requerimientos para educar a un niño con un temperamento fácil serán muy distintos que si tenemos un niño con un temperamento difícil. Será necesario moldear nuestro estilo educativo para cubrir las necesidades educativas de cada niño en particular.

3. UN POQUITO DE NEUROLOGÍA PARA ENTENDER EL CEREBRO INFANTIL

En ocasiones, los padres no comprenden por qué el niño no es capaz de controlar sus emociones, pega cuando se siente frustrado o no es capaz de obedecer a la primera, cuando en otras tareas académicas de su edad son totalmente competentes y capaces de realizarlas. Para poder comprender esto, es necesario entender que los niños poseen un cerebro inmaduro, que se encuentra en pleno desarrollo. El cerebro humano es el único órgano de nuestro cuerpo que se termina de desarrollar al finalizar el periodo de la adolescencia, por lo que cabe comprender que muchas de las acciones que no son capaces de controlar los niños son debidas a su propia inmadurez cerebral, totalmente normal y adecuado a su edad. Educar sin gritos ni lágrimas

Así, es natural que un niño con tres años tenga rabietas y no sepa gestionar sus propias emociones, dando lugar a comportamientos inadecuados. Es aquí, donde el papel de los padres y educadores cobra una gran relevancia, son estas figuras quienes han de ayudar al niño a calmarse, a manejar sus emociones y a responder adecuadamente, al igual que cuando les enseñamos las letras y números, con paciencia y dedicación.

Algunos estudios sugieren que la corteza prefrontal es la zona del cerebro que tarda más tiempo en acabar de desarrollarse. Esta zona del cerebro es la encargada de las funciones cognitivas superiores como son la planificación, la organización, toma de decisiones, atención, memoria… así como del comportamiento social y las emociones. Es por este motivo, que los niños se muestran aún impulsivos en sus reacciones, no son capaces de controlar sus emociones y necesitan ayuda de los adultos para adquirir un comportamiento social adecuado a cada contexto. Los padres, tienen la gran tarea de ayudar al desarrollo del niño, supliendo las carencias naturales a nivel emocional y comportamental que posee debido a la propia inmadurez cerebral.